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No es difícil estos días cerrar los ojos y notar, al aspirar el aroma de los mercados financieros, reminiscencias de lo que ocurría en los 18/24 meses anteriores al estallido de la burbuja de crédito, el nombre ya se nos ha olvidado pero importa, allá por el verano de 2007. Todos los activos subiendo, sin distinción. Como entonces, poco importa su carácter de defensivo o pro cíclico: renta fija soberana, deuda corporativa, acciones, materias primas, oro… Arriba, arriba, arriba. Sólo el dólar parece no participar de tal euforia compradora. Los niveles de correlación aumentan y con ellos la sospecha de que algo raro está ocurriendo. En aquél momento la justificación venía por un elemento transversal que afectaba a todos y cada uno de los bienes financieros: el crédito. ¿Y hoy?

Vino nuevo sobre odres viejos, no se lleven a engaño. En los dos últimos años se ha vivido un proceso de sustitución de un apalancamiento privado ilíquido, provocado por la muerte prematura y justificada de los procesos de off-balance y titulizaciones, por otro más líquido y público: la deuda soberana, instrumento utilizado por los gobiernos para la financiación de sus programas de gasto. De hecho se podría hablar de acumulación más que de reemplazo si nos atenemos a los datos de deuda agregada sobre PIB que se van conociendo en las distintas economías. El Reino Unido se aproxima peligrosamente al 400%, Estados Unidos se mantiene alrededor del 350% y España transita por niveles similares. De hecho, los últimos datos de nuestro Banco Central acreditan que la exposición crediticia del sistema no se ha reducido desde el inicio de la crisis. Esto significa que, por cada euro que tenemos, debemos 3,5. No está mal.

La dinámica que se ha establecido es intrínsecamente perversa, toda vez que se ha creado un círculo vicioso de muy complicada ruptura, hasta el punto de que cuesta ver un desenlace no traumático al mismo. Parte, de hecho, de una demanda artificial que permite mantener a los gobiernos unos costes de financiación extraordinariamente bajos lo que, como ocurriera en su día con el ámbito particular de la economía, tiene el peligro de llevarles a creer que lo excepcional es lo corriente lo que puede terminar por incidir en el volumen de deuda asumida y la percepción ilusoria de un repago asequible de principal e intereses.

Tal ímpetu comprador tiene dos culpables principales y un testigo accidental que están actuando de manera circunstancial y no permanente. Primero, los agresivos programas de recompras de los Bancos Centrales capaces de adquirir, en un solo trimestre, el 50% de las emisiones del Tesoro y cerca del 80% de las efectuadas por las agencias hipotecarias estatales (WSJ, Households, Fed boost Treasurys, página 25 de ayer, no lo he encontrado online). Bonita forma de reactivar el mercado de la vivienda. Un programa que, al menos en Estados Unidos, tiene octubre como fecha de caducidad.

Segundo, los bancos comerciales que ven cómo les llueven los ingresos sin tener que despeinarse. Les basta con jugar la curva de tipos de interés entre su coste de financiación y la rentabilidad que le ofrecen los distintos plazos de los activos públicos que adquieren a mansalva y figuran en su activo. Si a esto añadimos las comisiones derivadas de la originación de renta fija soberana y corporativa, que está desmadrada precisamente por su negativa a conceder financiación contra el propio balance, el cóctel de recuperación de beneficios y recapitalización está servido con un riesgo relativamente bajo (fundamentalmente de tipo de interés) y sin consumo de capital regulatorio. Para qué prestar… Eso sí, en cuanto los Bancos Centrales cierren el grifo, se acabó lo que se daba (Imprescindible este post de Zero Hedge, Moody´s discusses liquidity withdrawal and bank balance sheet risk).

El testigo accidental es, ¿adivinan quién?, el inversor privado. China, el anterior responsable del conundrum, ni está ni se le espera. No en vano nos recordaba el viernes Mark Hulbert en Market Watch (MW, Irrational exhuberance in the bond market?) que, según Trimtabs, desde marzo los inversores estadounidenses han comprado 214.000 millones de dólares en fondos de renta fija contra 10.500 de aquellos que tienen como subyacente el mercado de acciones. Por poner el dato en perspectiva, recuerda, de 2003 a 2006 las entradas totales fueron de 113.000 millones. ¿Transición desde los monetarios, reflejo de un aumento de la tasa de ahorro o simple cautela? En cualquier caso, dinero que como viene se va. O no.

El resultado es una inyección indirecta brutal de liquidez al sistema que no llega a través del canal de transmisión habitual de la misma, el sistema privado, sino por medio de las actuaciones gubernamentales sobre la economía con programas de actuación más o menos temporales. El efecto es una suerte de deja-vu en el que prima el sentimiento de que estamos comenzando a vivir, de nuevo, una época dorada de crecimiento sin inflación y tipos de interés bajos. Qué bonito. El problema es que tal sentencia está formulada al revés: es precisamente la política monetaria ultra acomodaticia la que permite construir un castillo de ilusiones que sólo puede sostenerse en la medida en que la actividad privada, que es la que aporta ingresos al Estado y permite repagar las deudas, sustituya a la pública.

El gran riesgo, por tanto, a día de hoy de la economía y, por tanto, de los mercados, que se pueden encontrar haciendo alegremente de funambulista sin red, es qué va a pasar cuando la realidad se imponga y haya que, ajustar los programas de actuación pública, por una parte, y adecuar su financiación a costes de mercado, por otra. Si el intento de la economía financiera por reactivar la real no ha triunfado para entonces, y tiene pocos visos la verdad, nos podemos encontrar con más de un sobresalto que, no lo duden, llegará de improviso. Y es que si alguien cree que podemos resolver la mayor crisis que ha vivido el sistema en 80 años sin atacar la causa que lo origina, esto es: el exceso de apalancamiento, peca de ingenuo. De momento, disfruten de la burbuja. Ya saben cuáles serán sus consecuencias.


Fuente: Valor Añadido por S. McCoy en www.cotizalia.com
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Creación del BANCO SUR

Isla de Margarita, Venezuela | Efe

Argentina, Brasil y Venezuela elevaron a 4 mil millones de dólares sus aportes al Banco del Sur, cuya acta constitutiva fue firmada el sábado por siete gobernantes sudamericanos, informó ayer el presidente venezolano, Hugo Chávez.

Chávez anunció que Argentina, Brasil y Venezuela aportarán “4 mil millones de dólares” cada uno para el capital suscrito de la nueva entidad financiera, durante una de sus intervenciones en la II Cumbre América del Sur-África (ASA) que se celebra en la venezolana Isla de Margarita.

“El resto” de los países accionistas, Bolivia, Ecuador, Paraguay, y Uruguay, “harán” sus aportes “en proporciones distintas”, añadió el Presidente venezolano, sin más detalles.

Según un documento oficial entregado a la prensa acreditada en la II Cumbre ASA, Argentina, Brasil y Venezuela aportarían cada uno 2 mil millones de dólares al capital del Banco del Sur, que cuenta con recursos autorizados de 20 mil millones de dólares y un capital suscrito de 10 mil millones de dólares.

El texto oficial añadió que Ecuador y Uruguay aportarían 400 millones cada uno, y Bolivia y Paraguay 100 millones de dólares cada uno.

Acuerdo

El presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, por su parte destacó que el acuerdo para la constitución definitiva del Banco del Sur se logró después de casi tres años de negociaciones.

“El Banco del Sur nos llevó tres años (...) y no sabemos cuánto tiempo se va a llevar para ratificarlo en los Congresos” de cada uno de los países firmantes, declaró Lula.

El sábado en la noche, los presidentes Chávez y Lula y sus colegas de Argentina, Cristina Fernández; Bolivia, Evo Morales; Ecuador, Rafael Correa; Paraguay, Fernando Lugo, y Uruguay, Tabaré Vásquez, firmaron el acuerdo para la creación del Banco del Sur, con la gobernante chilena, Michelle Bachelet, como observadora.

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Los líderes de América del Sur y de África sellaron ayer en la venezolana Isla de Margarita una alianza entre ambas regiones cuyo reto es agilizar la integración mediante acuerdos concretos, más allá del compromiso político.

Al concluir la II Cumbre América del Sur-África (ASA), que reunió durante dos días a una treintena de presidentes en el Caribe venezolano, los mandatarios y otros jefes de delegación del total de 66 países participantes aprobaron una declaración de 30 páginas en la que se comprometen a “fomentar la cooperación Sur-Sur”.

Asimismo, la llamada “Declaración de Nueva Esparta”, nombre del estado insular que incluye Margarita, establece instrumentos para reforzar el proceso de integración, como reuniones ministeriales regulares, y destaca el “Plan de Acción” decidido en esta II Cumbre para dotar el discurso político de planes concretos.

Los mandatarios y delegados de los países miembros del ASA acordaron en la Declaración “aumentar la cooperación energética” para contribuir con “el crecimiento industrial, el desarrollo de infraestructura de energía, el intercambio y la transferencia de tecnologías, (y) la reducción de los costos de transacciones”.

Asimismo decidieron “crear condiciones para el aumento de la presencia de compañías suramericanas y africanas en ambas regiones”.


Secretaría
Los documentos finales recogen la aprobación durante la cita de Margarita de la Secretaría ASA, que estará a cargo de Venezuela, y de una “mesa presidencial”, ambas propuestas por el Jefe de Estado anfitrión.

“Hemos decidido instalar aquí” en la venezolana Isla de Margarita, sede de la cumbre, “la Secretaría de ASA”, anunció el anfitrión Hugo Chávez, en una de sus múltiples intervenciones.

En los debates estuvieron presentes ocho presidentes sudamericanos, Cristina Fernández, de Argentina; Luiz Inácio Lula da Silva, de Brasil; Evo Morales, de Bolivia; Michelle Bachelet, de Chile; Rafael Correa, de Ecuador; Fernando Lugo, de Paraguay, y Tabaré Vásquez, de Uruguay, además de Chávez.

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